Viaje a Japón

by Gemma Ferreres

Sí, finalmente fuimos a Japón. Después de meses de preparación, el 4 de abril iniciamos un viaje de dos semanas a Kioto y Tokio.

He redactado un resumen por si le es de utilidad a futuros viajeros pero, antes, mis impresiones sobre:

  • Los precios
  • El uso de la mano de obra
  • El turismo
  • Templos y Naturaleza
  • La devoción por la escritura
  • Telefonía
  • Restaurantes
  • Transportes

IMPRESIONES

Los precios
Habíamos calculado los gastos diarios (comidas, entradas, transporte) en base a los precios europeos y al llegar a Japón descubrimos que los precios son similares a los que había en España hace diez años, antes de la entrada en el euro. El yen, además, equivale aproximadamente a una peseta, por lo que la conversión era fácil. Un menú estándar viene a costar 900 yenes. Un menú de mediodía en España pueden ser 10 euros, 1600 pesetas. Nótese la diferencia. No todo es tan barato, sin embargo. Los precios de los bolígrafos, por ejemplo, pueden estar en torno a 600 yenes. No sé si es porque estaban decorados o por la devoción por la escritura que sienten los japoneses pero el caso es que me sorprendieron los precios. Al final me las arreglé para comprar juegos de boli+postal por unos 350 yenes para repartir entre la familia.

A los pocos días de estar en Japón nos dimos cuenta de que podíamos permitirnos pagar la cuenta de restaurantes que en España hubieran sido prohibitivos. Cena para cinco con vistas en la planta 29 de un rascacielos por 25.000 yenes, sake caliente incluido. Es una especie de momento irrepetible (pagar con euros precios en pesetas) si la crisis que nos espera es tan dura como se prevé.

La electrónica se puede encontrar a precios ligeramente más baratos que en España, pero no hay demasiada diferencia.

Los precios de los alquileres y los pisos no pudimos analizarlos detenidamente, además, no conocemos las dimensiones medias de los pisos en Tokio, ni sabemos qué zonas son las más cotizadas.

El uso de la mano de obra
En unos jardines vimos a 5 hombres clavando una estaca. Uno la sostenía, otro manejaba la maza, otro ¿supervisaba? y los más jóvenes, de unos 50 años, miraban, como si estuvieran aprendiendo. La situación se repetiría a lo largo del viaje: en una librería de 8 plantas de Tokio había ascensorista; para controlar un paso a nivel, 3 hombres, en las entradas al metro había siempre 2-3 personas, cuadrillas de 4-5 hombres realizaban trabajos de mantenimiento en edificios, por ejemplo, 2 limpiaban una fachada (no sólo los cristales) y otro vigilaba que nadie pasara por debajo; en el recinto de un templo un hombre “barría” una ladera del bosque…

Conocía la faceta de las largas jornadas de los empleados japoneses, la leyenda, no sé si cierta o no, de que sólo se toman vacaciones cada dos o tres años, pero no sabía de la existencia de este tipo de empleos.

En España llevamos años eliminando la mano de obra de los trabajos de “escaso valor añadido”, pero tenemos 4 millones de parados. ¿No tendría sentido “repartir” el trabajo? ¿Acaso no hablábamos siempre de cómo la tecnología permitiría tener más tiempo de ocio? Aún así, seguimos trabajando demasiadas horas al día. Muchas personas estarían dispuestas a reducir su jornada laboral para atender a sus hijos o ampliar su formación. Me gustó el ejemplo que apareció hace poco en la prensa de la funcionaria de Correos que por las tardes se había dedicado a recorrer Galicia elaborando un directorio de hórreos.

Desde mi punto de vista, en la mayor parte de los países desarrollados seguimos aplicando un modelo fabril, del siglo XIX, cuando la mano de obra tenía que concentrarse en torno a los medios de producción. En 2009, aunque el escenario ha cambiado totalmente (telecomunicaciones, informática, transportes, modelo económico…) seguimos repitiendo el mismo esquema.

Si es cierto que tenemos por delante una larga crisis económica que podría durar diez años, el caso de Japón, que vivió su propia década perdida en los 90, y las soluciones que adoptaron puede darnos algunas pistas.

El turismo
Japón aún no ha sido explotado como destino turístico, al menos para Occidente. Los folletos suelen estar disponibles en chino, coreano y por supuesto inglés, pero no en español, francés, alemán…

Hay viajeros extranjeros en Japón pero las ciudades y los comercios aún no están orientados al turismo de fuera de sus fronteras. En los templos, por ejemplo, era abrumadora la presencia de turistas locales. En el 90% de los restaurantes nos fue imposible entendernos en inglés. La duración del viaje desde Europa puede ser una de las causas pero lo cierto es que el modelo turístico internacional está claramente reformulándose. España, por ejemplo, pierde atractivo.

Lo primero que hay que comprender, no obstante, es que no puedes esperar de Japón lo mismo que de otras culturas. Las experiencias que puedes vivir son otras y merecen la pena.

No sé si será un signo de que Japón está pensando en potenciar su capacidad turística pero lo cierto es que en una tienda de electrónica de Akihabara nos pidieron permiso para hacernos unas fotos que mostraran cómo atendían a los clientes extranjeros, y a la puerta de una tienda de recuerdos unos cámaras entrevistaron a los miembros del grupo que esperaban mientras los demás hacíamos compras. El lema de la candidatura de Tokio a los Juegos Olímpicos 2016, “uniting our worlds”, parece transmitir el mismo mensaje.

Templos y Naturaleza
Fui a Japón “con lo puesto”, no había preparado el viaje, tarea que habíamos delegado en otros miembros del grupo, y precisamente por eso me llevé muchas sorpresas. Por ejemplo, la localización de los templos. En Europa estamos acostumbrados a las iglesias integradas en las ciudades y pueblos, generalmente en la misma plaza Mayor. En Tokio y Kioto encontramos templos urbanos pero, sobre todo, complejos de templos integrados en la Naturaleza. La relación entre religión y Naturaleza me recordó a los antiguos eremitas que se aislaban del mundo.

Si tradicionalmente entendemos como jardín una “domesticación” de la Naturaleza, en Japón, por lo que vi, esta definición no sirve. Las rectas, la simetría, los arbustos podados de los jardines de muchos palacios europeos no se parecen a la armonía de los jardines que he visto en Japón. Los contrastes de colores y vegetación, el equilibrio dentro del desequilibrio, los jardines zen que reproducen la Naturaleza a pequeña escala, imitando olas o acantilados, la mano imperceptible del hombre, que guía pero no impone me parecieron situados en un estadio superior al que conocemos en la vieja Europa.

Muchos de los templos, siempre de madera, estaban en reparación. No parecen encontrar inconvenientes en restaurarlos o reconstruirlos. Lo importante no es tanto su antigüedad como el respeto a la tradición.

La devoción por la escritura
La historia de la escritura me fascina desde hace muchos años y sentí que en Japón la veneran. En las tiendas de recuerdos de los templos era habitual encontrar sellos con inscripciones. Ni que decir tiene que compré todos los que pude, aunque no entendiera los mensajes. De plástico, de bambú, de oficina, infantiles con caritas de ratoncillos, con tinta incorporada, con textos en inglés…

Encontré calles enteras dedicadas a la venta de material de escritura y edificios de varias plantas en los que comprar todo tipo de papelería.

Telefonía
El adelanto de Japón respecto a Occidente en telefonía móvil no es sólo un mito. En los trenes y el metro un tercio de las personas está interactuando con su móvil. El dispositivo, en el 99% de los casos, es de tipo “concha”. Lo abren y ya parecen estar conectados, debe ser algún tipo de tarifa plana con conexiones muy veloces, ya que las páginas se cargan rapidísimamente. El resto de los viajeros, o leen algún libro o dormitan. Lo que no oí en ningún momento es sonar un móvil o una conversación telefónica. En los trenes hay carteles solicitando que se silencie el móvil y se utilice el espacio al final del vagón para realizar llamadas.

En Europa, mientras, seguimos sometidos al viejo sistema de introducir los avances progresivamente: primero en terminales caros y con tarifas elevadas, lo que limita su uso a determinados perfiles con alto poder adquisitivo o a clientes empresariales, posteriormente apertura del servicio a públicos más amplios… En España acabamos de llegar al primer millón de tarifas planas para navegar con el móvil.

Restaurantes
Al sentarte a la mesa te suelen servir un vaso de agua, que puedes pedir que rellenen y es gratis. Una coca-cola suele costar unos 400 yenes. El ingrediente habitual de la dieta no es el pescado, sino el arroz hervido y la sopa de miso; suelen incluirlos por defecto todos los menús. Es muy frecuente que sustituyan el arroz por una sopa de espaguetis gruesos llamados udon.

Personalmente, me cansé pronto de la monotonía del menú y prefería las brochetas de champiñones o pollo y las mini-parrilladas (por lo frugales) de carne y verduras a la sal. Por supuesto, todo se come con palillos, a lo que te acostumbras enseguida.

Los menús rara vez incluyen postre y si lo incluye suele ser muy pequeño, del tamaño de un bombón.

Transportes
Los coches japoneses que circulan por Kioto tienen un diseño muy particular. Predominan las líneas y los ángulos rectos. Son coches cuadrangulares.

Los taxis, de diversas compañías, se distinguen por su color y la forma del piloto que llevan en el techo: una estrella, un corazón… Los asientos están cubiertos por fundas de ganchillo.

El metro de Tokio es casi una ciudad subterránea. Muchas estaciones están conectadas y se puede ir de una a otra caminando bajo tierra. Algunas de las líneas están operadas por empresas privadas y no es infrecuente tener que salir a la calle para hacer algún transbordo.

CRÓNICA DEL VIAJE

Kioto

El trayecto hasta Kioto, nuestro primer destino, duró más de veinte horas. Salida desde Barajas, escala en París, vuelo a Narita, tren hasta Tokio y tren hasta Kioto. En Barajas, a las 4 de la madrugada teníamos a un sorprendente vecino a pocos mostradores de distancia, Pedro Solbes, vestido con ropa cómoda, seguramente iniciando sus vacaciones, días antes de que se anunciase la remodelación del Gobierno.

El vuelo con Air France incluyó un pequeño desayuno con mini-croasanes del día anterior. En el Charles De Gaulle nos esperaba una retahíla de colas y controles que consumieron las 3 horas que debía durar la escala. Me preocupaban más, sin embargo, las más de 11 horas de vuelo hasta Japón. Mis viajes se habían limitado hasta ahora a Europa, en radios de 2-3 horas de avión. Tenía tanto sueño que me perdí el despegue. Cuando me desperté estaban sirviendo la primera de las dos comidas, una al inicio y otra al final del vuelo. Hacia la mitad del trayecto, siempre de noche, pusieron a disposición de los viajeros “noodles calientes”, bebidas y helados Häagen-Dazs, que fue por lo que yo opté. Aunque cada asiento disponía de una consola con películas, juegos y música a la carta, sólo escuché durante un tiempo Viva la Vida de Coldplay y el resto del tiempo lo pasé durmiendo. Poco antes de llegar rellenamos los formularios de inmigración. Desde el principio nos preocupó bastante el “síndrome de la clase turista” por lo que llevábamos unos calcetines especiales que se venden en farmacias y que activan la circulación. Eso y los paseos en el avión ayudaron a que todo transcurriera sin problemas.

A primera hora de la mañana llegamos al aeropuerto de Narita, donde nos tomaron las huellas dactilares y nos fotografiaron. También activamos el JR Pass, un abono para extranjeros que permite subir prácticamente a cualquier tren durante, en nuestro caso, siete días. Fue nuestro primer contacto con Japón. El proceso era una mezcla de alta tecnología y tradición. Los empleados de la oficina, todos con corbata, rellenaron los impresos a mano, estampando sellos y con la ayuda de un terminal con teclado anticuado pero pantalla táctil. Aunque llevábamos ya 18 horas de viaje, aún nos faltaba el traslado a Kioto, más de 3 horas en un shinkansen (tren bala) que no pasó de 200 km por hora.

Nuestro alojamiento en Kioto era un ryokan próximo a la estación de tren, para facilitar los desplazamientos. Elegimos habitaciones tradicionales, con tatami y futón pero con baño occidental :-). En recepción, por supuesto, había que dejar los zapatos. Pagamos por adelantado, unos en efectivo y otros con tarjeta de crédito, sería una de las pocas ocasiones en las que pagamos con tarjeta en Japón. Puesto que entre las 10 de la mañana y las 3 de la tarde no podíamos quedarnos en las habitaciones, salimos a comer y nos metimos, literalmente, en el primer sitio que encontramos. Nos recibieron con un vaso de té, sin azúcar. No sé si he dicho que no me gusta ni el té ni el café solo. Pedimos unos menús variados y compartimos los platos, probando un poco de todo. Los platos incluían sushi, algo que, como pronto comprobaríamos, no era tan habitual como creíamos. Seguidamente, nos dirijimos a unos templos cercanos. Creo que esa tarde me descalcé unas cincuenta veces pero, con los pies cansados, era relajante caminar en calcetines por la madera o el tatami. Los templos eran de dos tipos: unos albergaban estatuas gigantes de buda y divinidades y otros estaban destinados a la oración. Las construcciones eran de madera, una de ellas era una pagoda de cinco plantas. Como cerraban a las cinco, nos tuvimos que apresurar.

La primera noche en el ryokan, alojamiento tradicional japonés, fue algo accidentada. Aunque es muy sencillo extender un futón, la inexperiencia nos jugó una mala pasada y creo que probamos todas las combinaciones posibles de las tres piezas que lo componen hasta que dimos con la correcta. Dormir en el suelo no es incómodo excepto si intentas hacerlo de costado. Más incómodo me resultaba que todo estuviera a ras del suelo, en lugar de al alcance de la mano, por lo que tenías que agacharte continuamente. El baño era una especie de cabina prefabricada diminuta. El grifo tenía mandos diferentes para el agua caliente y el agua fría por lo que perdías bastante tiempo intentando regular la temperatura de la ducha.

El primer desayuno, el martes día 7, fue en una cafetería de tipo occidental, de la cadena UCC. Nos atendieron muy bien el primer día, los desayunos se componían de un set al que podías añadir extras (mermelada, zumo, leche…). La leche consistía en un vaso diminuto que podías pedir “hot” o “ice”. A falta de tostadas, los waffles (gofres) estaban riquísimos. No tengo ni idea de qué ocurrió pero el segundo día el trato fue peor, lento, se equivocaron en 3000 yenes en las vueltas… El caso es que decidimos probar nuevos lugares para desayunar los siguientes días.

Junto a la estación de tren estaba situada la terminal de autobuses. Vimos que un chico japonés compraba un billete de 5 viajes y como “donde fueres, haz lo que vieres”, seguimos su ejemplo. Nos costó 1000 yenes, para que nos entendamos, unas 1000 pesetas ó 6 euros.

Nos dirigimos al complejo de templos de Fushimi Inari, caracterizado por las mil toriis (puertas) de color naranja; una pequeña reproducción de una puerta fue el primer souvenir que compré.

El Paseo de los filósofos está bordeado de cerezos. Es absolutamente recomendable visitar Japón en primavera sólo por verlos en flor.

Sólo llevábamos un día en Japón y ya nos habíamos dado cuenta de dos cosas: no pasaríamos sed, ya que a cada paso había máquinas expendedoras de refrescos con agua, zumos, tés, cafés, bebidas energéticas, tanto frías (marcadas en azul), como calientes (en rojo). Y los toilet (toiret en pronunciación japonesa) también están por todas partes, generalmente, bastante limpios. Eso sí, mientras en un rascacielos puedes encontrar los famosos shower toilet en muchos lugares sólo hay letrinas.

Por la tarde nos acercamos al barrio de Gion. En una calle larga y estrecha decenas de restaurantes con los menús únicamente en japonés no invitaban a los turistas a entrar. En una calle pudimos ver a auténticas geishas con el maquillaje y peinado característicos.

Encontrar a mujeres ataviadas con kimono, tanto jóvenes como mayores, es sencillo en Kioto.

Cuando volvimos a nuestro barrio, todos los locales estaban ya cerrados, incluso el McDonalds, por lo que compramos comida para llevar en un 24 horas Lawson y cenamos en el ryokan. A partir de ese día, decidimos ajustar nuestro horario al de Kioto, levantarnos temprano y recogernos pronto.

El miércoles teníamos excursión a Nara, famosa por sus parques donde los ciervos se acercan a pedir comida a los visitantes y por albergar la construcción en madera más grande del mundo, creo recordar que se llamaba Tōdai-ji.

Como no parecía haber mucha oferta, comimos en el primer lugar que vimos, una tienda de recuerdos que también era restaurante y heladería. El pollo teriyaki estaba rico pero más tarde nos dimos cuenta que con sólo haber caminado unos pasos más habríamos encontrado muchos más restaurantes. Me quedé con las ganas de comprar una reproducción de una pagoda de madera de 5 pisos como recuerdo :-(

Mientras esperábamos el tren en la estación se empezó a oir un gran estruendo. Pensé ¿será el terremoto que va incluido en todos los viajes a Japón? Pero no, era un tren bala que atravesó la estación a toda velocidad. Imagino que en las ciudades por las que pase el AVE sin detenerse ocurrirá algo similar pero para mí fue totalmente nuevo.

El jueves visitamos el Templo Dorado (Kinkaku-Ji), los exteriores del Palacio Imperial (ya estaban vendidos todos los tickets para ese día y parte del siguiente) y el castillo Nijo.

Por la tarde quisimos tomar el autobús para acercarnos a la zona comercial y tras quince minutos de espera sin que apareciera decidimos preguntar a una chica japonesa si el mensaje en rojo que aparecía en pantalla significaba “cancelado” o similar. Nos confirmó que no, que el autobús circulaba, buscó en su móvil los horarios y nos preguntó que a dónde íbamos. Cuando le respondimos que a Zara creo que se hubiera venido con nosotros de tiendas :-)

El viernes tocaba excursión en tren a Himeji, un castillo medieval. Al entrar en el recinto advertían “beba agua para combatir el calor” pero creo que era el único sitio de Japón sin máquinas de vending. A mitad de camino pasamos junto a un puestecillo de recuerdos; aunque no había botellas a la vista, dije “water” y la dueña sacó una botella de una nevera portátil que tenía a sus pies ;-) Articular frases en inglés en Japón en la mayoría de los casos no nos sirvió de nada, nos dimos cuenta de que era mejor ir al grano y centrarse en los sustantivos: milk, water, coca-cola…

Tokio

El sábado por la tarde tomamos el tren a Tokio. El hotel estaba situado en Shinjuku. Llegamos tan cansados que, después de dejar las maletas en la habitación, entramos a cenar en el primer restaurante vimos, un chino :S

El domingo optamos por un plan tranquilo: comida en el parque (entrada, 200 yenes), paseo hasta los rascacielos del ayuntamiento y subida al mirador para tener una panorámica de la ciudad. Visita al edificio de Toyota en Ikebukuro, donde se pueden probar algunos simuladores, sentarse al volante de nuevos modelos, fotografiarse con los coches de Fórmula 1 y tomar algo en el área de descanso.

El lunes, por fin, a Akihabara, el barrio de la electrónica. No sé por qué relacionaba la electrónica con tiendas caras, elegantes, espaciosas y en lugar de eso encontramos un zoco con los dependientes voceando en la calle las ofertas del día para atraer a los compradores. En Laox, una de las tiendas recomendadas en la Lonely Planet nos dieron al entrar un folleto a partir de la planta 4, que es donde está la electrónica para otros países. La tienda, donde incluso nos hablaron en español, está muy orientada al turista y muchos de los artículos eran “horteras”, algo así como las estatuillas de Don Quijote que se pueden encontrar en la sección de souvenirs de “los corte inglés”. En la tienda Yodobashi hice la compra que tenía planeada: una cámara compacta, no muy cara, para llevar en el bolso, preferentemente de la marca Nikon. Me decidí por una Coolpix S220 plateada que al ser duty free me costó 20.000 yenes, algo más barata que en la Fnac, pero tampoco mucho. Al menos, pude utilizarla los últimos días del viaje.

El martes retomamos las excursiones y partimos rumbo a Nikko. Como el día era lluvioso apenas había turistas en el complejo de templos, que eran una síntesis de todos los estilos que habíamos visto hasta entonces, por colores, decoración, formato… De vuelta en Tokio, decidimos cenar en un restaurante situado en la planta 29 de un rascacielos. Las vistas nos dejaban sin palabras. A falta de ceremonia del té, en el restaurante experimentamos cómo se prepara shabu-shabu. Al salir del edificio, nos cruzamos con grupos de japoneses con el nudo de la corbata aflojado que caminaban tambaleantes. Pero el día aún no había acabado y si en el rascacielos subimos a lo más alto de Tokio, en el metro, al tomar el camino de vuelta a casa, nos esperaba una experiencia totalmente opuesta. El suburbano cierra a las 12 de la noche. A eso de las 23 horas empezamos a ver personas sin hogar que se instalaban en los vestíbulos de las estaciones. No sé si la lluvia torrencial tuvo algo que ver pero a las 23.30 la estación estaba totalmente tomada por mendigos que se disponían a dormir. Era como una acampada. No hacían nada, simplemente arreglaban sus cartones. Los viajeros pasaban entre ellos y nosotros no conseguíamos salir de allí porque algo habíamos hecho mal con la Suica y saltaba la alarma al intentar pasarla por las canceladoras. Después de muchas vueltas e idas y venidas de un mostrador a otro, un empleado del metro se apiadó de nosotros y nos hizo el descuento de la tarjeta manualmente y pudimos salir. Teníamos diez minutos hasta el hotel y llovía tanto que nos calamos por completo.

El miércoles fue la apoteosis de las compras. Quedaban ya pocos días y teníamos que comprar los regalos pendientes. En el Bazar Oriental encontramos todo lo que buscábamos: juegos de té y de sake, abanicos, camisetas, yukatas y kimonos de algodón y de poliéster… El precio de un kimono está en torno a los 4000-5000 yenes, aunque se pueden encontrar más baratos y también muchísimo más caros si son de seda. En la puerta de este establecimiento fue donde una cadena de televisión entrevistó a los miembros del grupo que esperaban afuera a que realizáramos las compras.

Por la tarde nos llegamos hasta el famoso cruce de Shibuya. Me pregunto cuánto pagará Starbucks por el alquiler de una de las esquinas.

Y para terminar el día, reserva de una sala en el mismo karaoke que aparece en la película Lost in Translation. Consumimos los primeros diez o quince minutos intentando averiguar cómo seleccionar un tema. Pulsamos todos los botones posibles hasta que encontramos una consola en el lateral de la máquina y pudimos elegir canciones en inglés: More Than This, Read My Mind… La opción “barra libre” del karaoke cuesta aproximadamente 1000 yenes por persona y hora y como su nombre indica incluye toda la bebida que puedas consumir si eres capaz de descifrar el kanji con los nombres ;-) Al final conseguimos que nos los transcribieran en inglés en una servilleta pero con tanto trajín tuvimos que prolongar la reserva otra hora.

El jueves realizamos la última excursión, a Kamakura, a ver el Buda gigante. Por sólo 20 yenes puedes entrar además en el interior de la escultura de bronce.

Como siempre, lo que no tienes previsto suele ser lo más emocionante de un viaje. En este caso, nos dimos de bruces con una boda tradicional japonesa, con músicos incluidos. La capilla, abierta por los cuatro costados, permitía observar la ceremonia desde fuera y los novios no pusieron pegas a ser fotografiados por los múltiples turistas.

Como íbamos bien de tiempo por la tarde improvisamos una visita a la bahía. Fue un gran acierto. Tanto el trayecto en el tren elevado como las vistas del skyline de la ciudad al anochecer. El edificio Fuji ya estaba cerrado y no pudimos visitarlo. Si algo llamó mi atención fue ver qué marcas se anunciaban en los ventanales del centro comercial y el tipo de anuncio. Eran puramente branding, marca, no productos concretos: Disney, GAP, Adidas, Lacoste…

El viernes era nuestro último día en Japón. Dedicamos la mañana a visitar dos mercadillos y algunos templos. En el mercadillo de Ueno se pueden encontrar artículos de artesanía. Compré un kimono de poliéster y quería un cinturón a juego. Como el que me enseñó la dueña de la tienda no me convencía y lo rechacé me guiñó un ojo y me regaló uno rojo :D

Cerramos el día por todo lo alto en un restaurante donde al parecer estaban celebrando una cena de empresa, lo notamos por los discursos del final. Nos sentaron en una barra en la que el cocinero preparaba los platos de sashimi y sushi delante de nosotros. El sushi es el más exquisito que he probado, el pescado estaba muy tierno y se podía cortar con los dientes sin esfuerzo. Y como guinda, fuimos al Hotel Park Hyatt, en el que se alojan los personajes de Lost in Translation. En el bar de la planta 52 se puede pedir un Scarlet por 1500 yenes o una copa de champán por 2900. A lo que hay que añadir los 2000 yenes que cuesta el acceso a partir de las 20 horas.

El sábado, madrugón para coger el Narita Express. Nuestro vuelo salía a las 10.30 y tuvimos el tiempo justo para hacer chek-in y desayunar. Temíamos el momento en que pesaran nuestro equipaje porque la penalización por exceso de peso es de 30 euros por kilo, pero pesaron las maletas conjuntamente y no hubo problemas. El vuelo de vuelta, al ser de día, nos permitió ver unas impresionantes montañas nevadas que debían de ser Siberia o el Sur de Siberia. Nos sirvieron comida y cena y en esta ocasión sí que vi una película, Benjamin Button, con doblaje latinoamericano, al que me acostumbré rápidamente.

Y esto es todo, cuando estén subidas a Flickr las 3000 fotos del viaje pondré el enlace, pero se puede demorar bastante… Me quedan muchas anécdotas por contar pero necesitaría otras diez páginas.