Ergonomía de los autobuses urbanos

by Gemma Ferreres

Como usuaria intensiva del transporte público, me gusta fijarme en su usabilidad – o ergonomía- especialmente la de los autobuses.

Los mejores autobuses urbanos que recuerdo estaban en funcionamiento en los años 90. Los utilizaba cuando iba a la Universidad y ya entonces eran modelos antiguos. Hoy en día han dejado de verse pero su ergonomía no ha sido superada, excepto tal vez en un aspecto, el denominado piso bajo. Para montarse en aquellos viejos autobuses había que subir un par de peldaños y era especialmente incómodo cuando muchos viajeros intentaban acceder al mismo tiempo.

Cuando se renuevan las flotas con autobuses más modernos lo esperable sería que mejorasen también las comodidades de los mismos pero lo cierto es que no siempre es así. Las supuestas innovaciones que se introducen a menudo significan un paso atrás. Fijémonos, por ejemplo, en la posición de las puertas de salida. A alguien se le ocurrió que sería más lógico ubicarla al final del autobús en vez de en el centro, que es lo tradicional. Las puertas en el centro permiten una evacuación más fluida ya que los viajeros se acercan tanto desde la parte delantera como desde la parte trasera del vehículo. En cambio, si se sitúan las puertas en un extremo, todo el mundo se agolpa en el último tramo del autobús desde bastante antes de llegar a su parada ya que, como es evidente, se tarda más en llegar a un extremo que al centro del vehículo.

Un problema similar se da con los timbres para solicitar parada: sólo los ubican en torno a las puertas de salida. El ingeniero que llegó a tan feliz solución debió pensar que de esa forma se fomentaba entre los viajeros la sana costumbre de prepararse con antelación para bajar pero no se dio cuenta de que a menudo el autobús va tan lleno que no es posible ni moverse con lo que la única forma de avisar de que te quieres apear en la próxima es recurriendo al viejo sistema de gritar al conductor. No pensó tampoco en las personas con dificultadas para desplazarse, que necesitan un tiempo para llegar a la salida y que, con los timbres cerca de la puerta, acumulan una buena dosis de estrés, ya que han de apresurarse primero para alcanzar el timbre y luego para llegar a la salida. Es un ejemplo de cómo lo que podría ser una pequeña molestia es realmente un incordio que padecemos a diario los sufridos usuarios.

Los transportines (asientos abatibles) son otro tema. A alguien se le ocurrió que ubicar dos en la zona central para usuarios que viajan de pie era un gran avance en comodidad pero ha resultado todo lo contrario. Lo único que se consigue es que dos personas vayan ligeramente más cómodas, aunque en ningún caso como los que ocupan los asientos, y a cambio causar más molestias a los viajeros a los que ha tocado ir de pie, que ya no pueden descansar acodados en la barra horizontal que tradicionalmente hay frente a las puertas de salida. En algunos autobuses han terminado por colocar un cartel que aconseja usar los transportines únicamente cuando hay baja ocupación. Y han tenido que crear la norma porque la insolidaridad campa a sus anchas y el que puede se apresura a ocupar los asientos abatibles, ¡incluso a pedir a quienes no los despliegan que se aparten para sentarse ellos!

De todo lo que he contado lo que más me intriga es cómo van desapareciendo los buenos usos que hace décadas se pusieron en práctica. Me acuerdo de un ejemplo, no sé si extraído de La psicología de los objetos cotidianos, de Donald Norman: los teléfonos antiguos eran pesados para que no los arrastraras involuntariamente al tirar del cordón que los unía al auricular, disponían de un hueco en su parte trasera para agarrarlos cómodamente si querías llevarlos a otro lugar y el sonido del timbre estaba estudiado, no como hoy en día, que aunque tu móvil venga con veinte tonos no puedes elegir más que uno, el que realmente se oye.

A pesar de mis quejas, reconozco que la ergonomía de los autobuses es buena, sobre todo si la comparamos con la del interior de los vagones de metro, que pienso que son diseñados por personas que nunca viajan en el subterráneo. Aunque tal vez influya en mi apreciación el hecho de que odio el metro…

Ahora están instalando en los autobuses unas nuevas canceladoras para “tarjetas sin contacto”, que me huelo que van a ser chips RFID. He escrito varias veces sobre mi preocupación por este tema en Supermercados sin cajeras y La lata de atún y tus derechos. También numerosas entradas en Error500: RFID en los billetes de Metro de Madrid, La UE consulta públicamente sobre el RFID, etc.