Diseños que provocan ansiedad

by Gemma Ferreres 0 Comments

En general, me gusta ir andando a los sitios o en transporte colectivo pero en ocasiones tengo que recurrir a taxis o cabifys (no tengo instalada la app de Uber).

Como no uso muy a menudo Cabify, cuando abro la app en el móvil no siempre recuerdo bien cómo se utilizaba. Incluso es posible que la hayan rediseñado, con lo que la curva de aprendizaje es aún más pronunciada.

Es lo que me ocurrió hace unos días. Como necesitaba un Cafiby Kids a las 11 de la mañana lo reservé la noche anterior. Y ahí es donde comienzan mis problemas de ansiedad. Cuando reservas un coche con conductor existen dos riesgos:

1. Que en lugar de reservar para otra fecha pidas un taxi para ahora mismo
2. Que tengas que cancelar la reserva y te cobren una penalización por ello

Habrá más puntos de fricción pero los que me interesan son esos porque tienen consecuencias en el mundo real:

– si me equivoco en el punto 1 estoy movilizando a un conductor en ese momento, que se desplazará a mi encuentro aunque realmente no lo necesito. Eso me agobia mucho.

– si me equivoco en el punto 2 pierdo dinero. Eso tampoco me gusta nada.

Hace muchos años, cuando la usabilidad comenzaba en España, uno de los primeros consejos que recibíamos en comercio electrónico era no poner “comprar” en el botón de “añadir al carrito” de la compra. Escribir “Comprar” estresaba al usuario porque daba la sensación de que era un hecho consumado, que no podía rectificar e inmediatamente se le iba a hacer un cargo. Todo ello sin tener guardada la información de la tarjeta de crédito; el one-click de Amazon aún no existía y de hecho no era extraño que se se diera la opción de comprar contra-reembolso.

Con la app actual de Cabify me ocurre algo similar a lo que sentían esos primeros compradores online. Puede influir que no pertenezco a su público objetivo (¿personas que viajan mucho en taxi?), mi edad… pero también el diseño de su interfaz.

Por deformación profesional hago muchas capturas de pantalla. Me gusta documentar aspectos que me llaman la atención para hacer benchmarks o para mostrarlos en clase. Casualmente tengo alguna captura del anterior diseño de la app de Cabify.

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En el diseño de hace un par de años un switch permitía, desde el inicio, seleccionar si el coche era para ese momento o una reserva.

En el diseño actual tienes que introducir todos los datos antes de, en el último paso, indicar si lo quieres para ya o para más tarde.

Cuando usas la nueva app buscas por todos lados el botón de “reservar” pero no aparece, de modo que al final optas por avanzar y confiar en que no se active nada ni te hagan un cargo en tu tarjeta (guardada en la app). En todo el proceso sientes bastante estrés porque no hay nada que indique los pasos que faltan.

Como digo, mi edad, mi perfil, no son los del usuario típico pero ¿no deberían tenernos en cuenta?

Se podría rascar mucho más para detectar puntos de fricción en este tipo de apps pero no es el objetivo de este post, seguro que tienen un departamento que puede testarlo con medios y más calma que yo.

Aprovecho para quejarme de la escasa flexibilidad del servicio Kids: no intentes solicitarlo un domingo o, peor aún, te puede ocurrir que haya servicio de coche con sillita infantil para ir a tu destino pero no para regresar.

Y, como el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, en Genomapp tenemos un onboarding complejo, que supone un esfuerzo cognitivo para el usuario pero siempre estamos trabajando para mejorarlo y reducir dicho esfuerzo.

La vuelta al siglo XIX

Ya he leído varios artículos, el último Por qué deberíamos declararle la guerra a la ropa de poliéster, que reclaman directa o indirectamente la vuelta a prendas de ropa de mayor calidad y, al mismo tiempo, más respetuosas con el medio ambiente. Hasta ahí todo suena perfecto pero no dan respuesta a una cuestión muy importante: cuánto costará vestirse con esas nuevas prendas, más duraderas pero también más caras. Y de este dilema surge el título de mi post: la vuelta al siglo XIX.

No lo conozco por la historia, sino por el cine o por las novelas de Sherlock Holmes, antes del siglo XX la ropa era cara, un abrigo te podía durar toda la vida, si se estropeaba se remendaba… Unos podían pagarse ropas de calidad y otros vestían harapos. Las diferencias estaban muy marcadas.

Después de las Guerras Mundiales esto cambió. Había que encontrar compradores para las lavadoras y los automóviles y se creó la clase media. Según algunos economistas esto fue tan sólo un paréntesis en la historia y la reciente crisis económica le habría puesto fin.

La moda low cost se define en ocasiones como un asunto “entre pobres”: los que trabajan 16 horas diarias para confeccionar las prendas y los que se visten en Primark o HM.

Lo cierto es que la ropa low cost no resiste dos lavados, al menos la moda infantil, que luce muy bonita cuando la compras pero se deteriora rápidamente. Ni por asomo la puede heredar un hermano o un primito, considérate afortunado si aguanta una temporada. Por eso tiendas como Percentil solo aceptan ropa “de marca” para revenderla.

Personalmente, hace años que salí del círculo de la moda. Desde que no trabajo en una oficina visto según mi propio “uniforme”, al estilo de Mark Zuckerberg o Steve Jobs. Los motivos fueron tanto externos (no encuentro tallas, no me gustan las prendas) como internos (no quiero perder tiempo siguiendo las tendencias, no quiero cambiar de armario cada año). El resultado es comodidad, ahorro de tiempo… pero también tiene sus inconvenientes como la dificultad para encontrar esas prendas comodín que no siguen las modas (básicos los llaman), o pagar un precio algo mayor a cambio de reutilizarlo varias temporadas.

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¿Qué están haciendo las firmas de moda al respecto? Pasado mañana HM lanza Arket, un nuevo concepto de tienda que se define así: “El ADN de la firma es atemporal, nítido, de calidad y cálido“. La clave para mí son las palabras “atemporal” y “de calidad”. ¿Realmente van a renunciar a todo lo que significa “moda? Es decir: el círculo virtuoso/vicioso de comprar ropa y renovarla y combinarla con otra nueva cada temporada? Soy escéptica. Y “de calidad”, es decir, más cara, más ingresos para ellos pero ¿a costa de que los clientes renueven con menor frecuencia su vestuario? Y ¿qué ocurre con los que no quieren o no pueden comprar a mayor precio? ¿quedarán relegados a vestir ropa de segunda mano o deteriorada? Tiendas como Humana ya se han subido a este tren.

No sé si es una revolución ecológica bienintencionada (reducir, reutilizar…) o una vuelta escondida al siglo XIX. Los medios nos hablan continuamente del mundo cambiante en que vivimos pero es difícil distinguir qué tendencias se cumplirán y cuáles no.

Si la lógica se impusiese, el teletrabajo daría una segunda oportunidad a la vida en los pueblos, pero lo que nos anuncian es ciudades cada vez más grandes.

Si la lógica se impusiese, no se entraría a la oficina a las 9 y se iría a Ikea los sábados por la tarde, generando increibles atascos (en ambos casos), sino que cada uno podría ajustar sus horarios y hacer la compra o trabajar con mayor libertad de elección, pero la realidad es tozuda y no entiende de eficiencia y lógica.

Entonces ¿estamos volviendo al siglo XIX? ¿fue el siglo XX un paréntesis? ¿Regresa la polarización social y económica? Hace 10 años ser mileurista era motivo de tristeza y hoy un sueldo de 600 ó 700 euros es habitual. Mientras, los alquileres suben y las promociones de nuevas viviendas son capaces de anunciar un bloque entero de pisos de 70 m2 y un solo dormitorio. Explican que es porque la sociedad camina hacia viviendas unipersonales pero creo que los motivos son otros más especulativos que no nos cuentan.

En definitiva, que algunas veces pienso que volvemos a los escenarios de las novelas del XIX y otras que vamos directamente a la Edad Media.

Era un vulgar sombrero negro de copa redonda, duro y muy gastado. El forro había sido de seda roja, pero ahora estaba casi completamente descolorido. No llevaba el nombre del fabricante, pero, tal como Holmes había dicho, tenía garabateadas en un costado las iniciales «H. B.». El ala tenía presillas para sujetar una goma elástica, pero faltaba ésta. Por lo demás, estaba agrietado, lleno de polvo y cubierto de manchas, aunque parecía que habían intentado disimular las partes descoloridas pintándolas con tinta.

-No veo nada -dije, devolviéndoselo a mi amigo.

-Al contrario, Watson, lo tiene todo a la vista. Pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones.

-Entonces, por favor, dígame qué deduce usted de este sombrero.

Lo cogió de mis manos y lo examinó con aquel aire introspectivo tan característico.

-Quizás podría haber resultado más sugerente -dijo-, pero aun así hay unas cuantas deducciones muy claras, y otras que presentan, por lo menos, un fuerte saldo de probabilidad. Por supuesto, salta a la vista que el propietario es un hombre de elevada inteligencia, y también que hace menos de tres años era bastante rico, aunque en la actualidad atraviesa malos momentos. Era un hombre previsor, pero ahora no lo es tanto, lo cual parece indicar una regresión moral que, unida a su declive económico, podría significar que sobre él actúa alguna influencia maligna, probablemente la bebida.

El carbunclo azul, Arthur Conan Doyle.

Diferencias entre cuna, minicuna y moisés

Cuando vas a tener un bebé piensas en lo que va a necesitar y en la lista no falta “la cuna” pero pronto descubres que no existe “la cuna” sino que probablemente utilizarás dos o tres cunas.

Minicuna
Por orden temporal, la primera que necesitarás será la minicuna. Se trata de una cuna más pequeña de lo habitual que se suele comprar principalmente por estos motivos:

  • a algunos recién nacidos les agobia una cuna de tamaño estándar, prefieren estar en un lugar más recogido
  • no siempre hay suficiente espacio en el dormitorio de los padres para una cuna grande

Esta cuna no suele tminicunaener barrotes sino paredes de tela, lo que puede que sea más seguro para el bebé pero también implica menor contacto con el recién nacido, al que no ves desde tu cama ni puedes tocar. En el tema de las cunas de colecho no entro porque no las he utilizado. En nuestro caso, la minicuna la heredamos del primito y no pudimos elegir pero tal vez hubiera optado por una con los laterales de malla para poder evitar los contratiempos mencionados.

La minicuna se deja de utilizar a los pocos meses, bien porque el bebé ha crecido y necesita más espacio o porque ha ganado peso y la estructura de la cuna no lo soporta.

Moisés
El moisés es un cesto de mimbre con asas. En nuestro caso, fue una de las mejores compras (bueno, fue un regalo). Es el lugar en el que pasa el día el bebé cuando aún es muy pequeño, le permite estar en el salón con la familia. Para nosotros, que trabajamos desde casa, fue muy importante. Lo utilizamos hasta que la peque ya era capaz de sentarse sola y empezaba a ser un peligro que estuviera en él. Las siestas siguió durmiéndolas en el moisés hasta los 8 meses aproximadamente.

En teoría el moisés se puede transportar pero lo cierto es que rara vez lo movimos, para eso mejor el cochecito de paseo (sí, también dentro de la casa).

Después de unos ocho meses de uso vendí el moisés a través de la app de Wallapop.

 

Cuna
Y por fin llegamos a “la cuna”. Su tamaño estándar suele ser de 120×60 cm (el colchón). Esto es importante porque si te dejas llevar y compras una de diseño original después será un problema encontrar sábanas de sus medidas.

Comprar muebles en Madrid, si no tienes coche para ir a Ikea, se está empezando a convertir en un problema. No existe mucha oferta, así que acabas comprando sí o sí en El Corte Inglés. Allí tienen “la cuna”, la estandar, de madera, con barrotes, color blanco y lateral abatible.

cuna

Los primeros meses deberás usarla con un protector o “chichonera” para que el bebé no se haga daño si se golpea contra la madera o si intenta sacar una manita entre los barrotes.

Almohada todavía no necesitarás (salvo consejo médico en algún caso) y los juegos de sábanas es fácil encontrarlos con dos sábanas bajeras. Esto viene muy bien ya que las bajeras se ensucian más a menudo por vómitos o incidencias.

Si puedes desplazarte a tiendas de muebles o te atreves a comprarlos por internet hay más opciones: cunas nido con cambiador incorporado y cajones para guardar las sábanas, cunas que crecen con el bebé y se convierten en camas…

Los pediatras aconsejan cambiar al bebé a su propia habitación a partir de los 4-6 meses (según la hoja informativa de mi centro de salud). Muchas padres aprovechan para hacerlo coincidir con el cambio de la minicuna a la cuna.

Bola extra: cuna de viaje y parque
Hemos viajado muy poco desde que nació Irene pero para esos desplazamientos hemos usado una cuna de viaje que también sirve como parque infantil. No tiene dimensiones estándar y cuando tuvimos que cambiar la delgada colchoneta que vende el fabricante por un colchón fue un problema. Suerte que en una colchonería del barrio nos hicieron uno a medida ¡y forrado con dibujos de ositos! por 40 euros.

La cuna de viaje viene muy bien para dejar al niño o niña un momento cuando tienes que ir al baño o dejarlo sin vigilancia un instante.

Este post se basa únicamente en mi experiencia como mamá y busca ayudar a otros padres primerizos; no pretende ser exhaustivo, ni definitivo ni sustituir el consejo de expertos.